Dejando el vacío por la plenitud

Bienvenidos a un nuevo devocional. La palabra de hoy es del libro de Isaías, un texto escrito entre los siglos VIII y VI a.C., atribuido principalmente al profeta Isaías. Dirigido al pueblo de Judá, este libro combina advertencias de juicio con mensajes de esperanza y restauración, destacando profecías asombrosas sobre el Mesías y el reino de Dios. Su mensaje central es un potente llamado al arrepentimiento y a la confianza en el Señor.

Palabra de Dios

1«¡Vengan a las aguas todos los que tengan sed!
¡Vengan a comprar y a comer los que no tengan dinero!
Vengan, compren vino y leche sin pago alguno.
2¿Por qué gastan dinero en lo que no es pan
y su salario en lo que no satisface?
Escúchenme bien: comerán lo que es bueno
y se deleitarán con manjares deliciosos.
3Presten atención y vengan a mí, escúchenme y vivirán.
Haré con ustedes un pacto eterno,
conforme a mi inquebrantable amor por David.

Isaías 55:1-3

Reflexión:

El hambre que el mundo no puede saciar

¿Te has puesto a pensar que actualmente vivimos como mendigos del alma? Nos sentimos satisfechos con lo que no nutre y entretenidos con lo que no transforma. Como dijo C.S. Lewis, somos niños felices haciendo pasteles de barro en un basurero, incapaces de imaginar el gozo de un océano. Y sí, así estamos: ciegos a la plenitud, acostumbrados al vacío.

En el pasaje de hoy, Isaías nos sacude con un llamado celestial. Dios clama en medio del mercado ruidoso de este mundo, donde todo se compra y todo se gasta, pero nada llena: «¡vengan, sedientos! ¡vengan aunque no tengan dinero! Coman, beban, sin costo». Esta es una invitación para lo que ya no tienen nada… pero siguen teniendo sed.

Luego en el versículo 2, como quien despierta a quien que estaba dormido, Isaías lanza esta pregunta que atraviesa toda alma honesta: «¿Por qué gastan dinero en lo que no es pan, y su salario en lo que no satisface?» ¿Por qué seguimos invirtiendo nuestras fuerzas en lo que nos deja rotos, cansado, vacíos?

Llamamos «pan» a las distracciones. Llamamos «vida» a la rutina. Llamamos «plenitud» a los logros fugaces. Pero el alma no miente. Cuando se apaga la pantalla, cuando se cierra la puerta, cuando el éxito no basta, el silencio nos habla: estamos hambrientos de algo que el mundo no puede darnos.

Isaías no susurra, grita a nuestro corazón. Y lo hace con amor. Nos confronta para rescatarnos, diciéndonos: deja de perseguir migajas cuando Dios ha puesto un banquete eterno ante ti. Deja de vender tu alma por un brillo falso, cuando Cristo es el manantial que no se agota.

Hoy, no endurezcas tu corazón. No calles la sed. Escucha la voz que aún clama: «Escúchenme bien, y comerán lo que es bueno, y se deleitarán con manjares deliciosos» (v. 2). Apaga el ruido, escucha el gemido de tu alma, no escondas tu hambre de lo eterno y acércate. Cristo te espera con el pan verdadero.

Oremos

Amado Dios, cuántas veces he corrido tras las sombras y he llamado pan a lo que no sacia. Perdóname por gastar mi alma en lo que no alimenta, por resistirme ante tu gracia, cuando muero de sed. Hoy, con humildad, vengo a ti, sin méritos, sin precio, solo con hambre. Sacia mi sed con tu verdad, y enséñame a vivir de tu pan eterno.

En el nombre de Jesús
Amén.

Con información de Glorify

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