Devocional 17: Sanado por una palabra

¡Bienvenidos a un nuevo devocional! Hoy nos adentraremos en el Evangelio de Mateo, un libro escrito entre los años 70 y 90 d.C. y atribuido a Mateo, uno de los doce discípulos de Jesús. Este evangelio nos presenta a Jesús como el Mesías prometido, cumpliendo las profecías del Antiguo Testamento. En sus páginas, encontramos el poderoso Sermón del Monte, parábolas llenas de sabiduría, milagros asombrosos y la Gran Comisión.

Palabra de Dios

Centramos nuestra atención en un encuentro que nos enseña una verdad profunda:

5Al entrar Jesús en Capernaúm, se acercó a él un centurión pidiendo ayuda:
6—Señor, mi siervo está postrado en casa con parálisis y sufre terriblemente.
7 —Iré a sanarlo —respondió Jesús.
8El centurión contestó:
—Señor, no merezco que entres bajo mi techo. Pero basta con que digas una sola palabra y mi siervo quedará sano. 9Porque yo mismo soy un hombre sujeto a órdenes superiores y, además, tengo soldados bajo mi autoridad. Le digo a uno “ve” y va; y al otro, “ven” y viene. Le digo a mi siervo “haz esto” y lo hace.
10Al oír esto, Jesús se asombró y dijo a quienes lo seguían:
—Les aseguro que no he encontrado en Israel a nadie que tenga tanta fe. 11Les digo que muchos vendrán del oriente y del occidente, y participarán en el banquete con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos.

Mateo 8:5-11

Reflexión

«Eso» que te hace pasar la noche en vela. «Eso» que te cansa. «Eso» que parece no poder ser sanado, que se ve imposible, irreconocible. «Eso» se eleva con todo su peso sobre nuestras vidas como un imponente rascacielos, abrumador y terriblemente desafiante.

Este hombre, un centurión, tenía autoridad y riqueza. Su súplica era sincera y fue expresada con claridad: su siervo estaba enfermo en casa, paralizado y atormentado. Su oración fue suficiente para poner en movimiento los pies de Jesús, quien se volvió y comenzó a caminar en dirección a la necesidad del siervo. Sin embargo, el funcionario romano detuvo a Jesús.

Este hombre comprendía la naturaleza de la autoridad, de hecho, él mismo estaba bajo autoridad y también era un hombre con mucha autoridad. Cuando sus líderes daban órdenes, él escuchaba. Cuando él mismo daba instrucciones, sus soldados se ponían firmes. Nadie lo desafiaba ni cuestionaba. Y este oficial romano veía a Jesús como la máxima autoridad a la cual someterse. Por eso declaró: «basta con que digas una sola palabra, y mi siervo quedará sano».

¡Qué convicción y confianza observamos en las palabras de este funcionario romano! Él sabía que Jesús podía responder a la oración a distancia, y que no necesitaba estar cerca para que su voluntad se cumpliera. Jesús mismo se alegró de que finalmente alguien pudiera ver y entender su autoridad sobre los cielos y la tierra.

Jesús siempre superará todo poder, problema y adversidad que enfrentemos. Rendirse a la autoridad de Jesús y a su capacidad de actuar consume las ataduras y las oraciones sin respuesta como un fósforo encendido consume una choza de paja.

Ver a Dios tal como es y confiar en su Palabra pone «esposas» a las maquinaciones del diablo. Toma nuestras preocupaciones más profundas, las arrebata del dominio del diablo y las transfiere directamente a la presencia de Dios. Cuando confiamos en Dios y en su Palabra, estamos declarando: «Eso» que me preocupa está ahora en sus manos, y Él puede manejarlo, así que ahora ¡tengo esperanza! Anota esto: «Eso» que te amenaza no tendrá la última palabra. La última palabra la tiene Jesús.

Oremos

Precioso Señor Jesús, una sola palabra tuya bastó para sanar al siervo del centurión. Con una palabra puedes salvarme. Te pido que me concedas mayor fe en tu palabra, que pueda someterme a tu autoridad, rindiéndome a tu verdad y viviendo tu palabra con coherencia y diligencia.

En el nombre de Jesús
Amén

Con información de Glorify

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