Devocional 5: Un Dios que no miente

¡Bienvenidos a nuestro devocional diario!, en el que el apóstol Pablo escribe a Tito, un joven colaborador y líder en la iglesia, con una introducción cargada de propósito y autoridad.

Palabra de Dios

1Pablo, siervo de Dios y apóstol de Jesucristo, llamado para que, mediante la fe, los elegidos de Dios lleguen a conocer la verdadera religión. 2Nuestra esperanza es la vida eterna, la cual Dios, que no miente, ya había prometido antes de la creación. 3Ahora, a su debido tiempo, él ha cumplido esta promesa mediante la predicación que se me ha confiado por orden de Dios nuestro Salvador. 4A Tito, mi verdadero hijo en esta fe que compartimos: Que Dios el Padre y Cristo Jesús nuestro Salvador te concedan gracia y paz.

Tito 1:1-4

En este pasaje, Pablo se identifica como siervo de Dios y apóstol de Jesucristo, destacando su llamado a fortalecer la fe de los creyentes y a guiarlos en el conocimiento de la verdad que conduce a la piedad.

Pablo resalta que esta misión está fundamentada en la esperanza de la vida eterna, una promesa hecha por Dios, quien no miente, desde antes del comienzo del tiempo. Este mensaje fue revelado en el momento oportuno a través de la predicación que le fue confiada.

Reflexión

En la carta a Tito (1:1-4), Pablo se presenta con una autoridad innegable: siervo de Dios y apóstol de Jesucristo. Su propósito es claro: fortalecer la fe de los elegidos de Dios y guiarlos hacia la verdadera religión. Esta misión no es arbitraria; está fundamentada en una esperanza trascendental: la vida eterna. Una promesa que, según Pablo, Dios, que no miente, ya había hecho «antes de la creación» y que ahora, en el momento oportuno, se ha cumplido a través de la predicación que le fue confiada. Con esta base sólida, extiende su saludo a Tito, su «verdadero hijo en esta fe», deseándole gracia y paz de parte de Dios Padre y de Cristo Jesús, nuestro Salvador.

Pablo inicia esta carta con la intensidad de un tráiler de película. Desde el primer momento, afirma su autoridad divina, celebra el evangelio y dirige un saludo afectuoso a Tito. Su introducción, una de las más extensas de sus cartas, nos prepara para la profundidad de lo que está por venir.

Sin embargo, en medio de la riqueza de este comienzo, una afirmación brilla como un faro, especialmente a la luz de nuestro momento cultural: el autor de la promesa de vida eterna es «el que no miente».

Estas palabras, aparentemente simples, son una respuesta directa al entorno en el que Tito ministraba: la antigua Creta. Creta, célebre por su corrupción y engaño, representaba un desierto moral. El orador romano Cicerón describió a los cretenses como personas que glorificaban el robo, y el propio Pablo, en Tito 1:12, cita a uno de sus profetas diciendo: «Los cretenses, siempre mentirosos, malas bestias, glotones ociosos». En un lugar donde la verdad era un bien escaso, los creyentes enfrentaban el reto de mantenerse firmes en un mar de falsedad.

Es en ese contexto donde Pablo recalca una verdad inquebrantable: Dios no miente. Frente a un mundo donde la confianza y la verdad se desmoronan, esta afirmación se alza como un pilar de esperanza.

Aunque no lo creas, hoy vivimos en un escenario similar. La verdad parece desdibujarse, las instituciones pierden credibilidad y el bien y el mal se confunden. Sin embargo, la declaración de Pablo sigue siendo un faro para nuestra vida: Dios no miente. Su palabra es eterna, sus promesas son seguras y su fidelidad nunca falla.

Reflexiona en esta promesa de Dios. En un mundo lleno de incertidumbre, ¿cómo te sostiene la verdad de que Dios es fiel y nunca miente?

Fuente: Glorify

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