Bienvenido a un nuevo devocional. Hoy analizamos un pasaje del libro de Zacarías. Este libro fue escrito entre los años 520 y 480 a.c. por el profeta Zacarías, durante el periodo posterior al exilio del pueblo de Judá en Babilonia. El profeta anima al pueblo a reconstruir el templo y renovar su fe en Dios. Este libro contiene visiones proféticas, llamados al arrepentimiento y la esperanza en la restauración de Jerusalén y la venida del Rey justo y humilde.
Palabra de Dios
7»¡Despierta, espada, contra mi pastor, contra mi compañero!»,
afirma el Señor de los Ejércitos. «Hiere al pastor
para que se dispersen las ovejas y vuelva yo mi mano contra los pequeños.
8Y en todo el país», afirma el Señor, «las dos terceras partes
serán abatidas y perecerán; solo una tercera parte quedará con vida.
9Pero a esa parte restante la pasaré por el fuego; la refinaré como se refina la plata,
la probaré como se prueba el oro. Entonces ellos me invocarán
y yo responderé. Yo diré: “Ellos son mi pueblo”.
Ellos dirán: “El Señor es nuestro Dios”.Zacarias 13:7-9
Reflexión
Muy a menudo queremos cambios sin dolor, progreso sin proceso, crecimiento sin dolor. Pero la verdadera transformación, especialmente de la mano de Dios, no funciona de esa manera.
La madurez espiritual se forja lentamente en el fuego del amor refinador de Dios: un proceso no lineal que requiere tiempo, rendición y gracia. No existe una fórmula fácil o un atajo para llegar a la santidad.
En el capítulo 9, el profeta Zacarías nos ofrece una imagen vívida de este proceso. Dios habla de refinar a su pueblo infiel «como se refina la plata» y de probarlos «como se prueba el oro». Esta es una imagen hermosa, pero también profunda. El refinamiento no es suave. Involucra calor, intensidad y fuego.
Pero el objetivo del refinador no es destruir la plata, sino extraer su pureza. Eleva la temperatura hasta que las impurezas suben a la superficie y luego las retira. Eso es lo que Dios hace con nosotros. A través de pruebas, exhortación y una disciplina llena de gracia, purifica nuestros corazones. No para castigarnos, sino para prepararnos. Para hacernos santos como él es santo.
Nos cuesta el orgullo, la autonomía y hasta nuestros propios planes. Pero a cambio nos entrega lo único que realmente vale la pena: a Cristo formándose en nosotros.
La muerte de Jesús nos dio la salvación de forma gratuita. Pero la santificación, el proceso de llegar a ser como él, es continua, profunda y costosa. El autor de Hebreos en el cap. 10 versículo 14 lo expresó así: «Porque con un solo sacrificio ha perfeccionado para siempre a los que han sido santificados».
Así que no temamos al fuego. No escapemos de lo que Dios está usando en nosotros para formar un peso de gloria. Hay calor que duele, sí pero también hay fuego que limpia, y quien se deja purificar, descubrirá que nada vale más que parecerse a Cristo.
Mira las llamas que rodean hoy tu vida, ¿las estas resistiendo o estas permitiendo que el refinador obre? Entrégale lo que quema y confía: lo que queda será oro.
Terminemos con una oración:
Amado Señor, no siempre entiendo el fuego, pero hoy elijo no temerle. Purifica lo que debe morir y despierta lo que viene de ti. No quiero una fe cómoda: quiero una fe que te refleje. Hazme oro en tus manos, aunque el proceso duela. Forma en mí el carácter de Cristo, paso a paso, llama a llama.
En el nombre de Jesús.
Amén.


